¿Pájaros o qué?
Betiana se siente desplazada, disociada, como parte de un ghetto. Sus 35 años la hacen pensar en sus metas no cumplidas. Hace tres años que vive en Estados Unidos, enseña castellano en una escuela rural, su vida es tranquila, ordenada, apacible, aunque algo le hace ruido. No deja de ser “the foreing girl”. Ella quiere escribir. Lograr una estabilidad y dedicarse cien por ciento a la escritura. Acompañar a Víctor en su carrera, pero de lado. Ocuparse de tener la casa en orden, la comida caliente y escribir.
Víctor (su amor) es zoólogo. Se conocieron en Madrid, él estaba recorriendo
Europa en un año sabático. Betiana (el amor de Víctor) es periodista. Había
viajado a España para perfeccionarse en Comunicación Política. Víctor se
enorgullece del amor por Betiana y por
la zoología. Betiana se enorgullece de acompañar a Víctor en la aventura y se
olvida del periodismo y la política.
Cuando Víctor y Betiana se conocieron, ambos sintieron que se
complementaban perfectamente. Lo volado de Víctor buscando pájaros por el mundo
y la meticulosa organización de Betiana que tenía un plan perfecto: solventarse
trabajando de “lo suyo” y escribir.
Cuando Betiana piensa en Madrid, en la primera vez que se cruzó con Víctor,
siente nostalgia: algo así como un vacío o una duda que le cosquillea en el
pecho. Se siente muy antagónica, pretendía ser comunicadora política vendiendo
candidatos y hacer arte.
Parque del Retiro, picnic de Betiana en soledad: una lona, frutas y yogurt,
libros, un periódico en papel, resaltadores flúo y varios folios con material fotocopiado,
concentración mental en el estudio. Víctor interrumpe su momento, todo consternado
le pregunta si no ha visto un ave colorada que daba saltos por ahí. Betiana
levanta la vista de los apuntes de Oratoria y ve a Víctor parado frente a ella
que desde su altura la mira como pidiendo ayuda, ve el arito que tiene en su
oreja que refleja la luz del sol de julio. Fue en ese momento que siente algo
inesperado, sorpresa y certeza de que está frente a un ser mucho más libre que
ella.
Puerta del Sol: Víctor le pregunta a Betiana si es capaz de seguirlo a
Estados Unidos, que lo becaron para estudiar las águilas calvas, que en un mes
tiene que partir. Betiana que se ha dado cuenta de que está enamorada de Víctor
y que no le gusta la comunicación política, suelta su planificación y Víctor
comienza la suya.
Víctor frente a la computadora cataloga momentos de las águilas. Más de mil
quinientas fotos que bajó de la cámara profesional. Se resiste a editarlas. Las
prefiere al natural. Se siente un impostor si las retoca. Tampoco hace backup
en un disco externo, como siempre le aconseja Betiana. Cosas de bohemio. Y de
desprolijo.
Betiana llega de dar clases. Trae el frío de afuera en su cuerpo. Besa a
Víctor en la cabeza. Su mano fría roza el cuello de Víctor. Víctor se queja de
la mano helada. No interrumpe su clasificación. El monitor muestra las
miniaturas de las fotos en vista previa. Víctor trabaja, ya no lleva arito en
la oreja, ya no refleja la luz del sol.
Ambos están en silencio. La habitación oscura, sólo la luz artificial de la
computadora. Víctor no se levantó de su escritorio en toda la tarde. Betiana
decide cortar la gélida escena. Busca en spotify, no se decide por ningún tema.
Scrollea la pantalla de su celular de arriba a abajo. Su playlist contiene más
de ochocientas canciones. Le resulta difícil elegir algo que los vivifique,
aunque sea un poco. Encuentra Ando Ganas de Los Piojos. Se acuerda de que ese
era su código secreto cuando querían escaparse de algún momento social para
estar a solas. Uno le decía al otro al oído: Ando Ganas de encontrarte. Sólo
eso bastaba para que salieran corriendo de donde sea que estuvieran.
Nada, Víctor no entiende la indirecta. ´Malditas águilas’ piensa Betiana.
Víctor sigue inmutable trabajando. Siente que tiene material para un buen
informe de la mitad del proceso de investigación. Betiana se quita la ropa ya
en el cuarto y va a bañarse. Quizás el
agua lave su desazón.
Las águilas calvas son el símbolo de Estados Unidos por la supremacía,
autoridad y poder que ejercen tanto en el cielo como en la tierra. Aparecen en
el escudo, en las monedas, en los billetes, incluso en los pasaportes. En la
casa de Betiana y Víctor dominan todos los rincones: hojas de publicaciones de
internet, libros apilados, fotos impresas, modelos perfectamente calculados en
impresora 3D y hasta unas remeras que compró Víctor en una venta de garaje hace
unos meses.
Sábado. Amanece. Víctor sale a correr, como todos los sábados a la mañana. Betiana
oye cómo se calla la pava eléctrica y ve cómo se apaga la luz azul. El agua
llegó a los ochenta grados, la temperatura perfecta para un buen mate.
Cuidadosamente sacude el mate con yerba para quitar el excedente de polvo, no
es muy buena la marca que se consigue en el pueblo. Con mucha precisión ladea
el mate para formar una bajadita sobre la bombilla y ahí vuelca lentamente el agua que sale del termo. Observa las
burbujas que se hacen y adrede deja parte de la yerba seca. Cree que ese es el
secreto para que no se lave rápido.
Es una mañana fría pero Betiana siente el impulso de salir y desayunar en
el jardín trasero lleno de nieve. Todavía en pantuflas y pijama, busca su buzo
over size, tan de moda últimamente. Se pone el buzo, agarra la bandeja con lo
que preparó para sentarse y pensar en qué va a escribir. Abre la puerta con el
pie haciendo malabares para que no se la caiga nada. En cuanto lo logra y la
puerta termina su viaje ve el jardín nevado salpicado de águilas calvas y otros
pájaros. Varias águilas están posadas en la escalera que baja de la casa, no la
dejan pasar. Atina a buscar el teléfono para llamar a Víctor y decirle que las
águilas los vinieron a buscar. No lo hace. Vuelve a entrar, busca la cámara de
Víctor.
Una y otra vez gatilla, de los nervios no se acuerda cuál es la mejor
exposición ni el balance de blancos ni la velocidad adecuada del obturador.
Sigue gatillando sin parar, intuitivamente.
Betiana entra, cierra la puerta que da al jardín con energía. Enciende la
computadora, conecta la cámara al cpu y revisa su registro. Abre el explorador,
corta y pega las fotos de la tarjeta de memoria de la cámara a la carpeta
“Víctor”. Una a una las miniaturas de las fotos recién sacadas se van
trasladando de destino. Cuando lee el
mensaje de Windows que le avisa que ha
terminado la tarea asignada, Betiana sin querer aprieta el botón secundario del
mouse y en la pantalla se lee: “Eliminar carpeta”. Betiana clickea sobre la
leyenda. El sistema le pregunta “¿Está Ud. seguro de eliminar los 2.154 archivos?
Se eliminarán permanentemente” Betiana aprieta “Aceptar”. Vuelve a tomar su
bandeja y un cuaderno, abre nuevamente la puerta que da al jardín, la escalera
está libre. Las águilas y los pájaros se fueron. Betiana escribe un título en
la hoja: ¿Pájaros o qué?.

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