Solanas
Martín ve la calma del mar y presiente un día de buen pique. El sol acaba de salir. La playa está desierta. La arena clara todavía permanece prensada por la marea. Ni una huella, ni humana ni animal. Nadie va a prender un maldito jet ski a esta hora. ¡Me tienen harto los turistas! ¡Necesito la venta de hoy para pasar el fin de semana! Busca las cañas y las redes y se encamina a lo de Ronaldo, su compañero de largas jornadas de pesca.
La sal pegada en su piel curtida y las mínimas olas de la mansa son su confirmación de estar vivo. La tirantez de su piel sosegada por el vaivén de las leves ondas del mar configura una dicotomía placentera para él.
En lo de Ronaldo el bote está listo para zarpar junto a dos viandas preparadas por Ramona. Martín extraña a su madre pero no lo admite. Piensa en ella ¿En qué estará ocupada sirviendo a los dueños de la casa de La Barra? Busca distracción calculando los beneficios del jornal.
Martín está agradecido. Siente la calidez de Ramona que también se ocupó de preparar un termo, yerba sin palo, el mate y una botella llena de agua. Mamá también me preparaba vianda. Las palabras de Ramona interrumpen el recuerdo “Cuídense ¿ta? No dejen al sol la comida, tápenla con las mantas”
Está listo para trabajar. Puede ver Casapueblo. ¿Páez Vilaró lo estará mirando? ¿Se inspirará en los pescadores como él para sus cuadros?
Rema, rema, rema. La costa está cada vez más lejos. No sabe si Ronaldo se da cuenta que ya no se puede ver a Ramona rezando. Él sabe que Ramona reza cada vez que salen. Su madre ya no reza, no tiene tiempo, atiende turistas. ¿Qué le pasa hoy? Hasta Casapueblo se achicó.
Otra vez la calma. Particularmente hoy la mansa parece un río pacífico. Dorado. Inquebrantable. Casi no hay olas. Casi casi que puede ver el fondo.
Grita, grita, grita. No cree lo que está viendo. Grita. No piensa. Solo ve lo que tiene adelante. Una medusa gigante, gelatinosa, con tentáculos violetas frente al bote.
Martín sabe que el color violeta significa veneno mortal. No es una medusa cualquiera. Se mueve por si sola. Nunca vio algo igual. Le parece que hasta gruñe. Si rema a la izquierda, el bicho que para él es imposible de existir, hace lo mismo. No lo deja avanzar. Siente el espasmo de Ronaldo. Se da vuelta y lo ve castañeando los dientes. Ya no grita.
¿Cómo escapar de esas garras-tentáculos? Está muy lejos de la costa. Comienza a agitar la bandera roja. Siente miedo. Más miedo que cuando su madre lo dejó solo para irse a trabajar de casera. Miedo a morir. ¿Es el mismo tipo de miedo?
Se acuerda de Facundo, el hombre que despanzurra pescados a cambio de monedas. Sólo él puede estar atento. Siempre espía sus movimientos para estar listo al regreso de la barca. Agita la bandera, no puede parar.
Martín ve que Facundo se mueve. Sabe que se dirige hacia donde está Ramona rezando. No puede verla pero sabe que ella está ahí. Como su madre. También sabe que Facundo no sabe ni atarse los cordones. Ve manchas que no puede distinguir moverse rápidamente.
No se mueve. Ronaldo tampoco. Confía en Facundo. Confía en los rezos de Ramona. Confía en su madre que le enseñó a confiar.
Martín escucha el motor de una moto de agua. Un turista y su jet ski parecen nacer de la costa. Abren el mar como flechas cortan el cielo en la guerra medieval. Agita uno de sus brazos. La medusa retrocede y flota alejándose del bote. Está a salvo. No le va a contar a su madre.

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