Pour la galerie





Reneé Victoria piensa su propio nombre repetidamente. “Con este nombre de realeza, no me puede hacer semejante desplante” itera la idea  en su cabeza; se quiere convencer de la imposibilidad fáctica de tal actitud en Bastian.

Recluida en el camerino, el primero del pasillo tras bambalinas, iluminada sólo por una lámpara de mesa cuya pantalla de lino está amarilla por el paso del tiempo, comienza a maquillarse. Sentada frente al espejo, sobre una banqueta de hierro negro, sin poder apoyar la espalda se encorva para agarrar cada  uno de los ungüentos que usa para enmascararse. 

En cada movimiento  se percibe  la  delicadeza y experiencia de Reneé Victoria. Mueve su delgada figura como si toda ella fuera una brocha, acompaña cada pincelada en su rostro con todo el cuerpo.  En el fonógrafo,  se escucha el lamento cantado de Edith Piaf que se mezcla con la música de cabaret que proviene del escenario.  

La pipa de Bastian abandonada en la mesa redonda de la esquina del cuarto todavía emana olor a tabaco. Pasan los minutos  y entre capa y capa de maquillaje de fantasía Reneé Victoria cubre su asombro y su desdicha. El burlesque que en unos instantes  representará  toma forma, enciende sus facciones. 

Bastian se fue. La dejó. Se va a vivir a Ginebra. Por un momento piensa en salir corriendo, al  estilo novela romántica: sí, le gritaría en el andén del tren, él saldría y la besaría y le pediría que fuera con él.  Su nombre, Reneé Victoria, dicho por el asistente que le avisa que es hora de salir a escena la rescata del absurdo. 

Está lista. Toma un sorbo de vino blanco, respira profundo. Practica sonreir. Hoy le va a costar más que nunca. Sale del camerino. Espía por los telones traseros. La reducida sala está llena. No reconoce a nadie. París ya es de ella. 

 

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